
Una aproximación al pensamiento de Dalmacio Negro
8 de enero de 2025
Dalmacio Negro, reacción y realismo de un pensador político
8 de enero de 2025Adiós a un coloso intelectual, Dalmacio Negro Pavón
– José María Sánchez
Al cumplir venerables 93 años, se ha liberado Dalmacio Negro de las aflicciones de este mundo. Mas, al tiempo, este valle se llena con más lágrimas de su mujer, hijos y nietos –a quienes me uno en su sentimiento– y de todos cuantos lo tratamos en su larga y fecunda vida.
Dalmacio Negro ha sido, es y será un coloso intelectual. En su ubérrimo reflexionar sobre lo político, siempre hay hondura y originalidad de pensamiento. La razón es triple: su esclarecida inteligencia, su enciclopédico conocimiento y el ejercicio de su condición de hombre libre. Si la libertad política era, en su autorizado criterio, el centro de la vida política rectamente entendida, Dalmacio Negro la ejerció al máximo intelectual y civilmente. No se entretuvo, sin embargo, en la acción o gobierno de la res publica, a pesar de habérselo pedido Fraga, según me contó en alguna oportunidad. Y probablemente acertó, porque esa dedicación le hubiera supuesto inevitables padecimientos que causa en el hombre de bien, como él lo era, así como privarnos de parte de sus anchos saberes y cavilaciones.
Hoy volvemos a constatar el encumbramiento de su obra. Revestidas de llaneza, sin propósito culterano alguno, miles de páginas densas, penetrantes, sutiles, sitúan a Dalmacio Negro entre los pensadores señeros de los siglos XX y XXI. No es exageración característica del elogio fúnebre. Responde a una convicción, ahora renovada en esta ocasión de despedida. Su nombre –como creo que convendrán quienes conocen sus escritos– se une por derecho propio a los de Schmitt, Cassirer, Friedrich, Voegelin, Hayek, Forsthoff, Leo Strauss, de Jouvenel, Aron, Girard, Sciacca, Del Noce, Molnar, Belloc, Dawson, Toynbee, Oakeshott, etc.; y, en latitud y tiempo españoles, a los de Conde, Fueyo, Elías de Tejada, Álvaro d’Ors, Vallet de Goytisolo, García-Pelayo, Galán y Gutiérrez, Millán Puelles, Gustavo Bueno y otros, entre quienes hallamos a Fernández de la Mora.
«Las miles de páginas que escribió lo sitúan entre los pensadores señeros de los
siglos XX y XXI»
Presentado por este último, ingresó en la Academia de Ciencias morales y políticas en 1995, cuando no se conocían personalmente. Las publicaciones propias de su carrera universitaria –Filosofía, Ciencias políticas y económicas, Derecho– culminada con la cátedra de Historia de las ideas y formas políticas de la Universidad Complutense de Madrid, en la estela de su respetado maestro Díez del Corral, atrajeron la atención del intelectual gobernante retirado de las lides del momento, con quien luego entabló una gran amistad. Ya había escrito entonces Dalmacio Negro sobre Hobbes, Hume, Hegel, Goethe, Von Ranke, Guizot, Comte, Stuart Mill, Marx. Su discurso de recepción en aquella corporación versó sobre «La tradición liberal y el Estado», de cosecha propia, reposada, obra magna con la que perfecciona una concepción particular de lo que el liberalismo sea.
Profesó ese liberalismo traicionado por la estatalidad –exceso artificioso y sofocante de la nación–, que comenzó con la lucha de los príncipes por independizarse de cualquier otro poder temporal y, sobre todo, de la Iglesia; el «liberalismo en sentido estricto (…) como concepción laica de la vida social rechazando precisamente la raíz demónica de la política moderna (…) reivindicó (…) las tradiciones politológica y escatológica del gobierno limitado; la política, en cuanto arte prudencial, a los medios, no a los fines, siendo ella misma, y por tanto el Estado, un medio, como era aún para el mismo Maquiavelo. Sin embargo, la idea de la limitación del gobierno y de la política como alternativa posible de la ratio “status” sólo pudo sostenerse y afirmarse en la época moderna y mantener la continuidad histórica en aquellos países en que no se consolidó la estatalidad o resultó demasiado débil (…) En la medida en que se conservó como parte de la tradición cultural, influyó en las naciones con Estado en las ideas y en la manera de entenderlo, moderando el mecanicismo de la ratio “status”. Pero al mismo tiempo la consolidación del Estado permitió que se asentase la otra concepción liberal secularizadora e incluso secularista de orientación racionalista, que se alejó de la tradición del gobierno limitado a medida que la estatalidad desarrollaba sus posibilidades intrínsecas». Con graves sentencias: «La “res publica” –y con ella la auctoritas– no está ya, ciertamente, en este momento finisecular, en la Iglesia, pero tampoco en el Estado y, probablemente, en ninguna parte. Prevalece la ilegitimidad»; el Estado que, «por un lado, con su expansión, politiza todo y, por otro, con su artificiosidad, unida a su carencia de principios, complica la vida, fomentando la pérdida de la realidad»; el Estado que «se ha convertido en el más grave problema político», «el Estado, cuya profunda crisis presente es histórica, cultural y social; a fin de cuentas, moral».
Autor: José María Sánchez.
Publicado originalmente en La Razón el 28.12.2024.
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