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19 de septiembre de 2025Los sueños económicos de los posliberales.
-Samuel Gregg
En todo el mundo occidental están proliferando grupos posliberales de tendencia conservadora. Los posliberales no coinciden en todo, y sus críticas a lo que denominan liberalismo varían. Pero si hay algo que comparten es un profundo escepticismo respecto a los mercados libres.
A lo largo de sus escritos, los posliberales insisten en que el Estado debe orientar la economía hacia la consecución de fines específicos. Los objetivos que tienen en mente abarcan desde metas amplias y vagas (“más localismo”, “mayor comunidad”, etc.) hasta propósitos concretos, como forzar un ajuste sectorial que desplace el peso de los servicios hacia la manufactura. Según el posliberal con quien se hable, los medios para lograrlo podrían incluir un mayor gasto social, sindicatos más fuertes, aranceles más altos, más regulación y política industrial, subsidios para incentivar el crecimiento demográfico, e incluso la participación del Estado en empresas que cotizan en bolsa, por mencionar solo algunos.
Desafortunadamente para los posliberales, todas estas medidas presentan problemas bien conocidos. Los aranceles, por ejemplo, reducen la competitividad de empresas y economías, y elevan los precios para todos. La política industrial genera clientelismo y supone un conocimiento del futuro que los seres humanos no poseen. Los grandes Estados de bienestar producen dependencia y enormes deudas públicas. Los sindicatos poderosos comprometen gravemente la flexibilidad del mercado laboral.
Cada vez que se exponen estos puntos, pocos posliberales muestran disposición a replantearse sus posiciones. El posliberalismo se caracteriza por un desinterés en comprender las verdades económicas y, en ese sentido, está marcado por una ceguera económica voluntaria.
Ceguera fáctica
Esta ceguera consciente se hace evidente al examinar los retratos posliberales de nuestra coyuntura económica. Escuchando a los posliberales contemporáneos, uno pensaría que, hasta hace poco, la política económica en Occidente estuvo dominada por liberales de mercado desde los años ochenta.
Es difícil exagerar lo inexacto de tales afirmaciones. Tomemos, por ejemplo, el gasto público. En 2024, el promedio de la OCDE para el gasto público general como porcentaje del PIB fue de un sorprendente 43 %. Nadie se extrañará de que Francia registrara la cifra más alta, situándose apenas por debajo del 60 %. Pero el último dato de Estados Unidos (2023), un 39 %, debería llevar a algunos a reflexionar antes de etiquetar a este país como la tierra de los mercados sin trabas. La pregunta para los posliberales es esta: ¿en qué universo tales cifras muestran que las naciones occidentales han estado dominadas por un capitalisme sauvage desde 1980?
La proliferación de regulaciones y de programas de bienestar proporciona más pruebas de hasta qué punto el Estado está profundamente imbricado en la vida económica occidental. En Estados Unidos, por ejemplo, el Code of Federal Regulations pasó de menos de 10.000 páginas en 1950 a unas astronómicas 190.260 páginas en 2023. Cabe señalar que ese crecimiento continuó sin freno en la época dorada del “neoliberalismo”, bajo las administraciones de Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. En cuanto al bienestar, al otro lado del Atlántico, aproximadamente el 23 % de la población en edad de trabajar en el Reino Unido recibe algún tipo de prestación pública. Tanto para el presunto triunfo del thatcherismo.
Estos y muchos otros datos ilustran que no vivimos en economías laissez-faire. También subrayan que, en muchos aspectos, los liberales de mercado han fracasado espectacularmente en revertir la expansión sostenida del Estado en las economías occidentales iniciada hace más de un siglo.
Cuando he expuesto estos puntos a los posliberales, las respuestas han sido reveladoras: desde expresiones de indiferencia cortés (“qué interesante”) hasta non sequiturs como el ubicuo “no sabes en qué tiempo vivimos”. Más revelador aún es que muchas respuestas reflejan un escepticismo general respecto a la economía como tal. Un destacado posliberal me describió una vez la economía como “un gran misterio”. Otro la descartó como “materialismo glorificado”.
He aquí un problema fundamental de los comentarios posliberales sobre economía: gran parte de ellos desatienden las aportaciones que la economía ofrece sobre la realidad, sobre todo porque dicho conocimiento plantea incómodas preguntas acerca de la sensatez de muchos de sus proyectos económicos. En el mejor de los casos, esto constituye imprudencia; en el peor, arrogancia y una voluntad de estigmatizar cualquier idea que obstaculice la aplicación de políticas manifiestamente defectuosas.
Ignorancia voluntaria
Si una buena política económica quiere ser viable políticamente, hay que considerar muchos factores, incluyendo el grado de compromiso que uno está dispuesto a asumir. Pero cualquiera que aspire seriamente a formular políticas económicas sólidas debe empezar por comprender algunas verdades económicas básicas y empíricamente verificadas sobre el tema en cuestión, ya sea la fiscalidad, el comercio, los salarios o los tipos de interés.
Es cierto que los economistas discrepan en muchas cuestiones de política, ya sea por prioridades normativas distintas o por desacuerdos técnicos. Pero tanto un neokeynesiano como un friedmanita convencido raramente afirmarán que “los incentivos no importan”, o que “los precios de mercado deben ignorarse”, o que “no existen consecuencias imprevistas”, o que “podemos desentendernos de la relación entre oferta y demanda”, o que “la ventaja comparativa no es real”, o que “podemos vivir en un mundo sin costes de oportunidad”.
Sin embargo, los posliberales —y sus equivalentes progresistas, como los defensores de la Teoría Monetaria Moderna (TMM)— proponen con frecuencia políticas que parecen ignorar deliberadamente tales principios. Pensemos, por ejemplo, en la reciente propuesta de un posliberal: “Debemos resolver la crisis de accesibilidad de la vivienda en Estados Unidos. El mercado no puede hacerlo, pero el Estado sí. Necesitamos una hipoteca a 30 años con un interés fijo del 3 % para ciudadanos estadounidenses menores de 30 años casados y que presenten declaración conjunta. Llámese la Nueva Ley de Propiedad Familiar Americana”.
El problema de esta propuesta empieza por su diagnóstico. La oferta de viviendas es limitada en muchas zonas de Estados Unidos (especialmente en grandes áreas urbanas) debido a la escasa construcción, producto de las restricciones de zonificación y otras formas de regulación. En otras palabras, la intervención del Estado —no el mercado— es un factor central de la escasez de vivienda y del aumento de su inaccesibilidad. Eso debería bastar para desconfiar de la idea de que más intervención estatal pueda solucionar el problema.
Un problema más general de este tipo de propuestas es que (como cualquier precio fijado por el Estado) un tipo de interés hipotecario impuesto distorsionaría la capacidad del mercado para reflejar la situación real del sector. Los precios transmiten información vital sobre las preferencias de los consumidores y la disponibilidad de recursos. Tipos hipotecarios elevados señalan escasez, estimulando la oferta y el ahorro. Tipos bajos indican abundancia y debilidad de la demanda.
Por el contrario, una tasa hipotecaria estatal del 3 %, muy por debajo de los tipos de mercado (6–7 % en los últimos años), abarataría artificialmente el crédito. Pero eso distorsionaría las señales de precios, incentivando una demanda que probablemente superaría la oferta, lo que dispararía los precios de la vivienda, especialmente si no se acompaña de desregulación urbanística.
El precio del desinterés
Que Estados Unidos enfrenta un problema de vivienda asequible no está en disputa. Pero el caso anterior ilustra cómo la falta de atención a algo tan elemental como la teoría básica de los precios conduce a propuestas que, de aplicarse, agravarían los problemas que pretenden resolver.
Subyace a todo ello un problema intelectual más profundo en los comentarios económicos posliberales. En su célebre Essay on the Nature and Significance of Economic Science (1932), el economista británico Lionel Robbins señalaba cómo los críticos de la economía “inspeccionan con un celo supererogatorio la fachada externa, pero rehúyen el trabajo intelectual de examinar la estructura interna”. Es decir, se muestran reacios a familiarizarse con la lógica específica que sustenta la economía como ciencia social.
El economista alemán Wilhelm Röpke —profundamente interesado en muchas de las cuestiones que hoy absorben a los posliberales— solía subrayar la atención de la economía a lo que denominaba en Economics of the Free Society (1937) “la lógica de las relaciones”. Esa atención a las interdependencias era, para Röpke, una de las cosas más importantes que los no economistas debían comprender.
Para el economista, sostenía Röpke, era “segunda naturaleza” pensar en términos de relaciones empíricamente verificables: saber, por ejemplo, que los salarios y los niveles de empleo se relacionan de forma recíproca, o que ciertas decisiones económicas tienen efectos secundarios identificables (por ejemplo, las leyes de salario mínimo tienden a excluir a los trabajadores poco cualificados del mercado laboral). El estudio sistemático de estas relaciones y la posibilidad de prever con alto grado de fiabilidad las consecuencias de decisiones específicas constituían, afirmaba, el gran aporte de la economía al conocimiento humano. Como señala el filósofo del derecho John Finnis, gran parte del poder explicativo de la economía proviene de su capacidad de llamar la atención de manera sistemática sobre los efectos secundarios de elecciones y conductas individuales.
Una vez entendido esto, las dificultades de muchas propuestas posliberales se hacen evidentes. Reconocemos, por ejemplo, que una medida bien intencionada como una hipoteca estatal para jóvenes parejas tendría consecuencias no deseadas pero previsibles que empeorarían la situación de quienes se quiere ayudar. Lo lógico sería que los posliberales renunciaran a tales ideas. El hecho de que muchos no lo hagan sugiere que están guiados más por ideología que por razón.
El posliberalismo oscuro
La indiferencia hacia conceptos económicos básicos ya se manifestó en expresiones anteriores del posliberalismo, incluida su variedad más sombría. En los años treinta, Röpke se enfrentó a expresiones concretas del posliberalismo económico: las políticas aplicadas por los regímenes fascistas en Italia y Alemania. Sus reflexiones se publicaron en 1935 en un artículo titulado “Economía fascista”. Muchas de sus observaciones son aplicables tanto al posliberalismo económico de hoy como al de entonces.
Tras leer los escritos de intelectuales fascistas, Röpke quedó impresionado por la vaguedad de sus ideas. Aunque tan ferozmente anticomunista como antifascista, consideraba que “el programa anticapitalista del comunismo” era “al menos claro e inequívoco”. En cambio, la producción económica de fascistas italianos y nacionalsocialistas alemanes estaba caracterizada por una “locuacidad vaga que irrita al admirador de la claridad de estilo y pensamiento tanto como parece atraer a las masas”. Confesaba sentirse “aturdido por una atmósfera de irrealidad lírica y de futilidad terminológica” que impregnaba esos textos. Pero añadía: “¿Qué otra cosa podemos esperar de una combinación con tantas variables, en gran medida esquivas, donde las ideas rectoras son de carácter nebuloso, fácilmente cambiantes e interrelacionadas?”
No había en tales obras, observaba Röpke, gran preocupación por la teoría económica ni por la presentación de “un programa fijo y claro”. En su lugar abundaba un romanticismo nostálgico sobre el pasado, acompañado de una “filosofía acerca de la supuesta superioridad de las consideraciones políticas sobre las económicas —der Primat der Politik über die Wirtschaft, en la terminología alemana—”. Todo ello acompañado de una “actitud altiva” hacia las “cuestiones de pan y mantequilla” que ocupan a los economistas y que ningún discurso sobre la grandeza nacional podía disimular.
No pretendo sugerir que los posliberales actuales sean protofascistas. Pero los paralelismos entre sus actitudes hacia la economía y las descritas por Röpke son innegables. Esto sugiere una conexión estrecha entre el rechazo del liberalismo y la negativa a tomarse en serio la economía. Y ello, a su vez, apunta a una falta de disposición posliberal para aceptar ciertas realidades de la condición humana, como el papel del interés propio, la función de los precios y los incentivos, o el hecho melancólico de que las buenas intenciones no bastan.
No todos necesitan ser economistas, y la advertencia de F. A. Hayek de que “un economista que no sea más que economista no puede ser un buen economista” no se puede repetir lo suficiente. Pero cualquiera —posliberal o no— que desprecie las realidades a las que la economía nos dirige de manera insistente debería abstenerse de opinar sobre cuestiones como tipos de interés, política comercial o finanzas. Nuestro conocimiento puede ser limitado, pero la ignorancia no siempre es una bendición. Y la ignorancia económica es francamente destructiva.
Samuel Gregg, Es titular de la Cátedra Friedrich Hayek de Economía e Historia Económica en el American Institute for Economic Research y redactor sénior en Law & Liberty. Autor de 17 libros y más de 700 artículos, ensayos y reseñas, escribe sobre economía política, finanzas, liberalismo clásico, conservadurismo estadounidense y civilización occidental. Ha recibido distinciones como el Bradley Prize (2024) y ha sido finalista del Hayek Prize (2023). Es investigador asociado del Acton Institute y puede seguirse en Twitter en @drsamuelgregg.
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